Volví a Managua para buscar a los niños y niñas que viven en el laberinto de calles del Mercado Oriental, el mercado más grande de Centroamérica.

Este es el 4to año que regreso a Nicaragua y la situación de los niños y niñas no está mejorando, hay muchos que viven en las calles, duermen en cartones sucios o debajo de los puestos del mercado, se mueven en grupos pero básicamente están solos.
Volver es siempre una emoción muy fuerte, cada año espero no encontrar rostros familiares, pero a menudo esto no sucede: los encuentro crecidos y sus rostros cuentan la vida en la calle a través de sus cicatrices, heridas y ojos vacíos.

La mayoría de estos niños y niñas inhalan pegamento, un compuesto químico producido por la mezcla de poroplast y gasolina, el pegamento que los zapateros usan para sus zapatos. Lo inhalan porque les quita el hambre y los hace sentir más fuertes. Los efectos en el cuerpo y el cerebro son devastadores, y a menudo mueren de tuberculosis o cáncer de huesos por el abuso de pegamento.

Junta con Bony les cocinamos arroz, frijoles, sicomoro y queso, no suelen recibir una comida completa, comen vorazmente y casi no mastican. Muchos de ellos han estado en la calle durante años, los veo crecer y deteriorarse con su vaso de pegamento en las manos. Algunos de ellos son muy pequeños, de 6 a 7 años de edad, y en sus ojos inexpresivos se puede ver todo el sufrimiento del mundo.

No te acostumbras a esta situación, aprendes a manejar el enojo que causa, aprendes a darles unos minutos de felicidad, a crear pequeños recuerdos alegres, aprendes que no podemos cambiar las cosas, sólo podemos tratar de aliviar su sufrimiento, aunque sea por unos momentos.

La crisis político-social que vive Nicaragua recae sobre los más débiles y no parece mejorar. Una sociedad que no se ocupa de los niños no invierte en el futuro, y me pregunto cómo será el mañana de este país devastado por la pobreza, la violencia y la explotación.